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martes, 12 de julio de 2016

La distimia, ¿es lo mismo que la depresión?

Cuando una persona tiene un estado de ánimo bajo durante un tiempo y presenta además otros síntomas como falta de ganas para hacer cosas, insomnio o culpa, solemos decir que esa persona puede tener una depresión. 

Sin embargo, en otras ocasiones podemos leer que algunas personas que tienen síntomas muy parecidos son diagnosticadas de distimia. Entonces, ¿es lo mismo la distimia que la depresión?

Generalmente, hablamos de distimia cuando nos referimos a personas que presentan síntomas depresivos, pero de larga evolución. De hecho, en la nueva versión del DSM (DSM-5) la distimia se engloba dentro del trastorno depresivo persistente, por lo que sería como una "versión crónica" de lo que solemos conocer como depresión.

Los criterios para el diagnóstico de la distimia hacen referencia a un estado de ánimo deprimido la mayor parte del día durante un mínimo de 2 años. Durante este período de dos años necesarios para el diagnóstico, no puede haber más de dos meses libres de síntomas. 
Son comunes también otros síntomas como:
  • poco apetito o sobrealimentación.
  • insomnio o hipersomnia.
  • poca energía o fatiga.
  • baja autoestima.
  • falta de concentración o dificultad para tomar decisiones.
  • sentimientos de desesperanza. 

Sin embargo, si una persona tiene cualquiera de estos dos trastornos, es importante que se ponga a tratamiento psicológico y/o psiquiátrico para poder superar dichos síntomas y mejorar su calidad de vida. 

martes, 22 de septiembre de 2015

El trastorno de la personalidad límite

Recientemente os he hablado en el blog acerca de los trastornos de personalidad. Hoy me voy a centrar en un trastorno del que se está hablando bastante últimamente: el trastorno de la personalidad límite.

Los manuales diagnósticos más importantes (CIE-10 y DSM-V) consideran que la clave de las personas que cumplen criterios para este trastorno es la presencia de la inestabilidad en diferentes áreas (las relaciones interpersonales, la autoimagen y los afectos) y de una impulsividad intensa.


Sin embargo, además de estos dos aspectos centrales, existen otras características que definen este trastorno: 
    • realizan constantes esfuerzos por evitar el desamparo, real o imaginario.
    • mantienen relaciones interpersonales inestables e intensas, en las cuáles suelen idealizar a la otra persona y, posteriormente, devaluarla.
    • amenazas o intentos de suicidio o comportamientos autolesivos (como por ejemplo hacerse cortes con objetos punzantes en los brazos). 
    • estado de ánimo muy oscilante (pueden tener momentos con un estado de ánimo muy bajo, otros con mucha irritabilidad y otros en los que sienten una gran ansiedad). 
    • sensación crónica de vacío.
    • dificultad para controlar la ira.
    • ideas paranoides o síntomas disociativos graves. 

    Aunque estos síntomas aparecen claramente identificados en los manuales diagnósticos de referencia, debemos tener en cuenta que para diagnosticar a una persona con este trastorno, es necesario valorar que presente dichas características en diferentes contextos de su vida cotidiana y que le limiten de forma importante en su día a día. 

    Por ello, la mejor herramienta diagnóstica será la entrevista clínica que un personal cualificado puede llevar a cabo y no la mera enumeración de varios síntomas de la lista que, por otro lado, todos podemos presentar en un momento determinado de nuestras vidas. 

    martes, 1 de septiembre de 2015

    ¿Está mal ser cómo soy?

    Una de mis pacientes me preguntó el otro día si estaba mal ser como ella era. Inicialmente, la pregunta me sorprendió un poco por lo que me interesé en saber porqué tenía esa duda, cuando realmente, ella es una buena persona con unos buenos valores. 

    Ella me contestó que tenía la "personalidad trastornada", debido a que en un informe clínico que le habían hecho ponía que tenía un trastorno de la personalidad. Entonces me dí cuenta de que no entendía lo que era dicho trastorno.

    Es cierto que cada uno somos diferentes de los demás, porque nuestra forma de ser se va formando desde nuestra infancia, a través de las experiencias que vivimos a lo largo de nuestra vida. La personalidad se va configurando para adaptarnos al medio en el que vivimos y, a veces, lo que ha resultado útil en un determinado momento, deja de serlo pasado un tiempo.


    Esto es lo que ocurre, en muchas ocasiones, con los trastornos de personalidad. Por ejemplo, si crecemos en el seno de una familia muy estricta, puede ser muy útil convertirnos en personas perfeccionistas, tratando de que nuestro comportamiento se adapte a las normas establecidas con el fin de evitar castigos. Sin embargo, si esta forma de ser la llevamos "al extremo" y dedicamos mucho tiempo a hacer una tarea con el fin de que esté perfectamente realizada o, si tenemos que hacer un trabajo en grupo y somos incapaces de delegar en los demás ninguna tarea porque necesitamos supervisarlo todo nosotros, podemos tener un trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad. 

    Sin embargo, presentar ciertos rasgos de personalidad no es suficiente para cumplir los criterios establecidos por el DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) de un trastorno de personalidad. Para poder recibir este diagnóstico, es necesario que la persona presente como consecuencia de su forma de ser:
    • un malestar importante.
    • limitaciones a nivel social, laboral o en otras áreas importantes de su vida.
    • dichos rasgos de forma inflexible en diferentes situaciones.

    La realidad es que, tengamos o no un trastorno de personalidad, todos tenemos ciertos aspectos a mejorar como personas. Sin embargo, lo más importante no es ser "perfectos", sino tratar de hacer las cosas lo mejor que podamos y sin dañar a otros, pero sin perder de vista el objetivo de la vida: poder disfrutar de ella, porque, como se suele decir, ¡sólo se vive una vez!

    martes, 18 de agosto de 2015

    "Odio mi cara"

    La imagen corporal es una cuestión de gran importancia para muchas personas hoy en día. De hecho, es muy común escuchar a la gente hablar de que tiene que hacer dieta para entrar en ese vestido o que debe apuntarse a un gimnasio para empezar la conocida operación bikini.

    Y aunque es saludable cuidarse, comer de forma equilibrada y hacer un poco de ejercicio físico, hay personas que convierten su cuerpo en el centro de su vida, llegando a condicionar las actividades que realizan y sus relaciones interpersonales en función de pequeños detalles de su propio aspecto físico.

    Hace unos años llegó a mi consulta un paciente con una demanda que me soprendió especialmente. Él era un chico muy joven y claramente agraciado físicamente, por lo que mi sorpresa vino cuando me dijo que odiaba su cara. Mi primera reacción fue de total incomprensión.  ¿Cómo era posible que no fuera capaz de ver lo que mis ojos y los de cualquier otra persona podían ver?  

    Evidentemente, el atrativo físico y la belleza son una cuestión subjetiva, pero lo que yo tuve claro fue que su cara no resultaría desagradable a la gran mayoría de la gente. Posteriormente pensé en la posibilidad de que  tuviera un trastorno dismórfico corporal, especialmente cuando me explicó el motivo de porqué odiaba tanto su cara: una pequeña cicatriz que tenía en la frente.

    El DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría) define el trastorno dismórfico corporal por la preocupación por uno o más defectos o imperfecciones percibidas en el aspecto físico. Sin embargo, dichas imperfecciones no son observables o no tienen importancia a los ojos de otras personas. 

    Además de este chico, he visto otros casos en los que la preocupación por la apariencia física, especialmente algún mínimo defecto, causaba una importante limitación para la persona. Por ejemplo, personas que se someten a operaciones de cirugía estética porque consideran que sus orejas son demasiado grandes o que su nariz es desproporcionada. No obstante, si cualquiera de nosotros observa a estas personas por la calle, no nos percataríamos de dichos  defectos.

    Aunque la realidad es que todos tenemos pequeñas imperfecciones con las que convivimos, estas personas sienten un gran malestar a diario en relación a estas imperfecciones que ellos consideran de suma importancia. Por ello, es recomendable que podamos aceptarnos tal y como somos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, porque todos somos diferentes y valiosos por lo que somos.

    martes, 24 de marzo de 2015

    "Mi hijo se hace pis en la cama"

    Hacerse pis en la cama es un hecho mucho más común de lo que inicialmente podemos pensar. Generalmente, a la mayoría de los niños les ocurre alguna vez desde que ya han podido controlar esfínteres, sin que esto llegue a ser un problema que tenga que causarnos alarma.


    Según el DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), este problema se conoce con el nombre de enuresis. Se entiende por enuresis la emisión repetida de orina en cama o en la ropa, ya sea de forma voluntaria o involuntaria. 

    Sin embargo, sólo se considera un problema que merece ayuda de un profesional cuando el niño tiene más de 5 años y ocurre con una frecuencia de dos o más veces a la semana durante un mínimo de tres meses consecutivos o si limita de forma considerable la calidad de vida de la persona. 

    Aunque la definión es muy genérica, la realidad es que no todos estos niños o adultos (este problema puede aparecer también en adolescentes o personas que han alcanzado ya la mayoría de edad, aunque no es tan común como en la infancia) tienen la misma dificultad, sino que existen muchas diferencias entre unos y otros: hay niños que se orinan todas las noches y otros que lo hacen de forma más esporádica, algunos pueden orinarse dos o tres veces por noche, mientras que otros sólo lo hacen en una ocasión, etc.

    Aunque de entrada pueda parecer que controlar los esfínteres es muy sencillo, la realidad es que es un aprendizaje más complejo de lo que comúnmente se cree y puede llegar a ser frustrante y lento de conseguir para los niños.

    La semana que viene continuaremos hablando sobre este tema, acerca de las pautas que no son útiles para tratar este problema.

    martes, 3 de marzo de 2015

    ¿Tengo un trastorno obsesivo-compulsivo?

    Todas las personas tenemos pensamientos o ideas que nos dan vueltan en la cabeza repetidamente. Muchas veces son cosas que nos preocupan, como que nuestros hijos crezcan sanos o ese problema del trabajo que tenemos que solucionar. Estas preocupaciones son normales.

    Sin embargo, hay ocasiones en las que las preocupaciones se convierten en algo obsesivo y comienza a causar un importante malestar a la persona que las sufre.

    Según el DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría), el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), se caracteriza por la existencia de obsesiones y compulsiones.


    Una obsesión es un pensamiento, un impulso o una imagen que aparece de forma recurrente en nuestra cabeza. La persona las experimenta como intrusivas, como algo que aparece en su mente que no desea y que no puede controlar. Algunas de las obsesiones más comunes son la obsesión por la limpieza o por el orden.

    Con frecuencia, las personas que las padecen, tratan de ignorarlas o suprimirlas realizando alguna acción o pensando en otras cosas. A estas acciones a las que recurre la persona, con el objetivo de neutralizar las obsesiones, las llamamos compulsiones. 

    Por tanto, una compulsión puede ser un comportamiento o un acto mental (rezar, contar, repetir palabras, etc), que el paciente repite con mucha frecuencia  como respuesta a la obsesión. Al realizar dicha compulsión, la ansiedad o el malestar bajan. Algunos ejemplos de compulsiones son accionar repetidamente el interruptor de la luz o lavarse las manos muchas veces seguidas.

    Hasta aquí, parece que cualquier persona vería como una buena opción la realización de estas compulsiones para que el malestar disminuya. Sin embargo, el problema es que, tanto las obsesiones como la realización de las compulsiones, causan mucho malestar a la persona, pudiendo pasarse horas repitiendo la misma conducta, convirtiéndose, en los casos más graves, casi en un esclavo de ese acto.