martes, 18 de febrero de 2014

¿Es nuestro sexo o la cultura en la que vivimos la que hace que nos comportemos de una determinada forma?

La pregunta acerca de si los comportamientos y roles típicos de los hombres y mujeres son resultado de la biología o si son construídos socialmente ha sido muy estudiada. Diversos investigadores han demostrado que la educación y la sociedad en la que vivimos son las que definen dichas conductas.

En el siglo XX, la antropóloga Margaret Mead realizó un trabajo en Nueva Guinea para tratar de demostrar que los roles y rasgos entendidos, en nuestra cultura, como claramente típicos de  las mujeres, no eran más que el resultado de la educación y la sociedad en la que vivimos.

El resultado de su estudio se presenta a través de tres tribus diferentes. En ellas, estudió la relación entre el sexo de las personas y sus comportamientos. 
  • La primera de las tribus que estudió fueron los "Arapesh". En esta tribu, tanto los hombres como las mujeres presentaban características que valoramos como típicamente femeninas en nuestra cultura. Son personas maternales, cuidadoras, responsables de sus familiares y trabajan todos unidos.

  • La segunda tribu fueron los "Mundugumor". Al contrario que en el caso anterior, en este pueblo, todos sus habitantes presentaban rasgos que nosotros generalmente clasificamos como típicamente masculinos. Algunos de los rasgos que presentaban estas personas eran un importante temperamento y la agresividad. Los Mundugumor destacaban además por estar siempre malhumorados, dando la sensación de que todo les fastidiaba.
  • La última de ellas, son los "Tchambuli". En esta tribu observó una inversión de los papeles sociales con respecto a nuestra sociedad. Para los Tchambuli, las mujeres se ocupan de los asuntos económicos y son ellas las que trabajan. Los hombres, por su parte, cumplen papeles reservados a las mujeres en nuestra cultura, cumpliendo un papel más secundario.

En un primer momento, podemos pensar que estas tribus se encuentran muy dispersas geográficamente, y explicar, en función de ello, las importantes diferencias que presentan. Sin embargo, lo más sorprendente es que apenas las separan 200 kilómetros de distancia.
Este trabajo de Mead, corrobora, por tanto, que no existe una correspondencia entre los roles sociales y el sexo.

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